Después de sentir la brisa del mar y el sol ya apacible de las cinco de la tarde, a unos estudiantes se les ocurre entrar al hotel, con rumbo a la piscina. Casi ninguno lleva pantuflas, tan solo los pies descalzos y cubiertos aún de la arena de la playa. El hotel es elegante, un cinco estrellas, así que los estudiantes sienten algo de vergüenza al verse expuestos a las miradas de los turistas y de los empleados del edificio. " El piso es muy brillante para que lo llenemos de arena" dice Manuel, el universitario cordial y hablador. Las muchachas ríen descaradamente al imaginar en el embaldosado reluciente del lobby unas huellas imputables.Yo no digo nada, soy tímido, y más con esos muchachos a los que hace poco acabo de conocer. Uno de los empleados del edificio se da cuenta que venimos de la playa, así que nos indica con señas que tomemos el ascensor ubicado cerca a la entrada. Cuando estamos en el ascensor, descubrimos que casi todos dejamos olvidadas las tarjetas que accionan el funcionamiento adecuado del mecanismo de ascensión o descenso. Solo una muchacha trae consigo la tarjeta, la cual pasa a través de una ranura. Enseguida subimos hasta el piso tres, pero como la piscina queda en el piso dos, volvemos a subir al ascensor para que nos deje en el piso indicado. "¿No sería mejor quedarnos en el piso tercero y bajar por las escaleras?, pregunta uno de los muchachos. " No, da igual", dice la muchacha de la tarjeta. "El ascensor nos ahorra la caminada". Vuelve a pasar la tarjeta por la ranura. Algo no sale bien y el ascensor nos deja en el piso sexto. Uno de los estudiantes, supongo que el más curioso, abre una puerta que da a los pasillos de las salidas de emergencia. Todos pasamos a través de la puerta y la cerramos con cuidado. Bajamos unos dos pisos, supongo, tratando de conocer esa parte del hotel que por lo general está vedada a los turistas. No tiene nada de raro, simples escaleras que conectan cortos pasillos de paredes blancas. Volvemos a subir. El estudiante curioso trata de abrir la puerta, pero esta se ha quedado trabada. Enseguida se escucha un estrépito de carcajadas que deben haber llegado hasta el primer piso. El niño que nos acompaña, en compañía del curioso, bajan las escaleras tratando de encontrar alguna puerta que nos conduzca al corredor de las habitaciones. Mientras tanto, nosotros esperamos en el piso sexto, atentos a cualquier ruido detrás de las puertas. En vano forcejeamos los picaportes de las puertas que nos rodean, sin poder abrirlas. Al fin, y cuando esperábamos ansiosos al niño y al curioso, estos llegan algo sudorosos, indicándonos que lograron abrir una puerta tres pisos más abajo. Entonces descendemos rápidamente por las escaleras, cruzamos el umbral de la puerta y desembocamos en el piso tres. Bajamos por las escaleras ( más nos hubiera valido hacerlo media hora antes), llegamos al segundo piso y, finalmente, estamos en la piscina. Más tarde, ya en el agua, pensamos en escribir un cuento sobre lo que nos pasó con el ascensor y el curioso piso tres.
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